sábado, 19 de noviembre de 2011

Ella está en el medio

Esa maldita. Yo sé dónde está él cuando no quiere salir conmigo. Él no me miente al respecto, solo oculta.
- Ya arreglé con los pibes, gordi. Salimos mañana. - Ya arregló con sus amigos, es cierto. Sus amigos van a su casa, o él los visita a ellos. Pero yo sé que ella está en el medio. Siempre. Aunque no la nombren, porque es como uno más. No, en realidad no lo es. Ella es especial, es indispensable, si ella no está, a mi novio y a sus amigos les falta algo. Se nota su ausencia. Lo sé, porque lo vi con mis propios ojos. No tratan de disimularlo. Algunas veces, cuando visito a mi novio, y más tarde llegan sus amigos, no falta quien pregunte por ella. Incluso en ocasiones es mi propio chico el que sale a buscarla; y yo ahí, sentadita en el sofá, detrás de todos los pibes, mirándolos sin expresión. Mirándolos mientras se apiñan a su alrededor, mientras la manosean. Se turnan, nunca tres o más a la vez. Ella radiante, impecable, mientras se observa a los otros enredarse, vociferar apasionados en su honor. Y yo, mirándolos. A veces me invitan a unirme, pero siempre rechazo la oferta. No es lo mío, no me gusta. Pero los respeto porque se ve que a ellos sí les gusta. Les encanta. Cuando digo que no, no insisten. Ni siquiera mi novio. Por lo visto, mi participación es irrelevante. Pero la suya, la de ella, necesaria. Sin ella no podrían divertirse. Te estarás preguntando por qué nunca hice nada, por qué siempre me quedo mirándolos disfrutar de la compañía de su adictiva amiga, por qué no reacciono. Bueno, la respuesta es simple: sería muy exagerado hacer una escenita por su culpa. Es infinitamente ridículo que sienta celos de esa… Después de todo, yo soy una persona íntegra, decente. Ella es simplemente un entretenimiento. Es su función, nació para escabullirse entre los hombres. 
Pero todo tiene un límite. Es viernes, mis amigas se fueron a patinar a Palermo, y yo no fui porque planeaba salir con mi chico. Pero no, estoy sola como un perro, en mi casa.
- Ya arreglé con los pibes, gordi. Salimos mañana. - Lo mismo me dijo ayer. Y no puedo llamar a mis amigas y decirles que estoy en camino, porque mi negativa desató una acalorada discusión. Me dijeron que siempre hacía lo mismo, que ya casi ni las veía, que estaba todo el tiempo pegada a mi novio. Es que ¡tienen que entenderme! ¡Solo quiero salir con él! ¡Verlo fuera de la escuela! Pero el señor está anonadado con su amiguita, con su juguete, llama a un amigo o dos y organizan una nueva fiestita estática. Ella está en el medio, siempre. Basta.
Agarro las llaves y el celular, le aviso a mi mamá que voy de mi novio, y camino las diez cuadras que me separan de su hogar, a toda velocidad, pasos largos, labios fruncidos y mirada furiosa. Busco el timbre que corresponde a su departamento, 17 B, y lo presiono con más fuerza de lo normal. Siento la agresividad correr por mis brazos, la adrenalina tensar mis hombros.
- ¿Hola? - dice la voz de mi chico por el portero eléctrico. Respondo con una bronca contenida. - Ah, subí, nena. - Gordi. Nena. Esos apodos que me pone con todo su cariño. Me pregunto cuáles serán los apodos que le ponen a ella. El ascensor sube hasta el piso diecisiete a una velocidad desesperantemente lenta. Al fin llego al piso deseado y aporreo la puerta de mi chico. Me recibe con una sonrisa y un intento de piquito, que yo ignoro completamente.
- ¿Te pasa algo?– pregunta, confundido ante mi repentino rechazo.
- ¿Con quién estás? – inquiero, fulminando con la mirada todo a mi alrededor.
- Con Alan y Pablo… ¿Por? Eh, ¡¿Qué hacés?!
Tarde. Yo ya le di la espalda y camino pisando fuerte hacia los dos amigos de mi novio. Tal como pensé, ahí está frente a ellos. Entreteniéndolos, como de costumbre. Pero se acabó. Aparto a los dos chicos de un empujón, y me abalanzo hecha una furia sobre esa cosa. Estúpida, inútil. Y no se defiende. La boba no puede defenderse; eso simplifica mi trabajo. La levanto con mis manos sin esfuerzo, es liviana y fácil de cargar. La desconecto de todo, pasando por alto las crecientes quejas de los chicos.
- ¡Pará! ¡Pará! ¡Loca! ¡Dale! ¡Traéla acá, boba! ¡Estás re loca! – vociferan ellos, al tiempo que intentan detenerme. Pero es imposible, yo soy más ágil y pequeña, y los esquivo sin dificultad. Salgo al balcón aún con la maldita cosa firmemente agarrada. Sin pensarlo dos veces, en un arranque homicida, la tiro al vacío. Observo con expresión trastornada todo el recorrido. Da muchas vueltas en el aire, aunque parece caer en cámara lenta los diecisiete pisos. Dramático. Ni me volteo a ver las caras horrorizadas de los chicos. No me importa. Me acabo de deshacer de mi mayor enemiga. Al fin golpea contra el frío asfalto. El plástico se quiebra y se dispersa en pequeños y puntiagudos fragmentos. Ahora puedo ver los cables, y otros pequeños circuitos que conforman su interior. Seguro ya no tiene arreglo. Y cuesta mucha plata, mi novio va a tardar bastante en conseguir otra igual. Obviamente, la próxima correrá la misma suerte que ella. Terminará hecha pedazos contra la vereda
Mi novio grita fuera de sí, y sus palabras enfurecidas me llegan a los oídos.
- ¡No! ¡Estás re loca, Guadalupe! ¡Ahora me vas a comprar otra Play Station! ¿Me escuchaste? ¡Con tu guita! Salí de acá, enferma. Me vas a comprar otra Play Station. Ah, y lo nuestro se terminó.

1 comentario:

  1. Nose ni como llege aca, pero terrible texto te mandaste jajaja, es tan real como se pueden llegar a pelotudisar los hombres tanto por esa cosa cuadrada. El texto tiene un aire a "la intrusa" de Pedro Orgambide, bueno nada, pasate por mi blog, saludos!

    ResponderEliminar